Qué puedes meter en ChatGPT si eres fisioterapeuta (y qué no)

Un fisioterapeuta pega en ChatGPT el informe de una paciente para que le ayude a redactar el alta. Tarda diez segundos y el resultado es bueno. El problema es lo que acaba de pasar sin que nadie lo vea: datos de salud de una persona identificable han salido de la clínica hacia un proveedor con el que no hay ningún acuerdo firmado. Usar ChatGPT en fisioterapia no está prohibido ni mucho menos, pero sí hay una línea muy concreta entre lo que puedes escribir en el chat y lo que no.

1. La línea no la marca la herramienta, la marcan los datos

La pregunta útil no es si ChatGPT es seguro, sino qué información le estás dando. Redactar un texto para redes, resumir un artículo científico, preparar el guion de una charla o pedir ideas para un email de captación no implica ningún dato de paciente: ahí el uso es libre y sin más precauciones que revisar el resultado.

El terreno delicado empieza cuando escribes algo que permite identificar a una persona concreta, aunque sea de forma indirecta.

2. Quitar el nombre no es anonimizar

Este es el error más extendido. Cambiar «Juan Pérez» por «Paciente 123» no elimina tus obligaciones, porque los datos siguen siendo personales si la persona puede identificarse por otros medios. Y un texto que dice «mujer de 42 años, profesora, intervenida de LCA el mes pasado, deportista de fondo» puede señalar a alguien sin necesidad de apellidos, sobre todo en una ciudad pequeña o en una clínica especializada.

La prueba que funciona: si alguien de tu equipo leyera ese texto sin contexto, ¿sabría de quién hablas? Si la respuesta es que sí, no es un dato anónimo.

3. Lo que sí puedes preguntar sobre un caso

Puedes consultar en términos generales sin trasladar el caso concreto. En lugar de pegar el informe, describe la duda clínica en abstracto: pautas habituales de progresión tras determinada intervención, criterios de derivación, cómo explicar un concepto a un paciente. Obtienes el mismo valor sin sacar información de nadie.

Y si necesitas ayuda con la redacción de un documento real, trabaja sobre una plantilla vacía y rellena tú los datos después, ya fuera de la herramienta.

4. Revisa qué hace la herramienta con lo que escribes

No todas las cuentas son iguales. En las versiones de empresa suele poder desactivarse el uso de las conversaciones para entrenar modelos y existe la posibilidad de firmar un acuerdo de tratamiento de datos; en una cuenta personal gratuita, normalmente no. Antes de decidir qué se puede usar en tu clínica, mira qué condiciones tiene la cuenta que estáis usando de verdad, no la que aparece en la web del proveedor.

5. Lo que genera la IA lo firmas tú

Un texto redactado con ayuda de un modelo puede contener errores con toda la apariencia de ser correcto: referencias que no existen, plazos inventados, recomendaciones que no encajan con el caso. La responsabilidad profesional sobre lo que sale de tu clínica sigue siendo tuya, y ningún «lo escribió la IA» te cubre. Revisa siempre antes de enviar, publicar o archivar.

6. Pon las reglas por escrito y dilo en voz alta

La mayoría de los problemas no nacen de una mala intención, sino de que nadie dijo nunca qué se podía hacer. Una hoja de media página basta: qué herramientas están autorizadas, para qué tareas, qué información no se introduce nunca y quién resuelve las dudas. Compártela con todo el equipo, incluidos los que solo pasan por recepción. Además de evitar sustos, es una de las formas de demostrar que has tomado medidas.

Una regla que cabe en una frase

Si lo que vas a escribir permite saber de qué paciente hablas, no va al chat. Con esa única norma interiorizada por el equipo evitas la mayor parte de los problemas, y sigues teniendo disponible todo lo demás, que es mucho.

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